Julia Calvo: “Yo quería ser como Janis Joplin”

Las anécdotas se apilan sobre la mesa del bar de Corrientes. Cualquiera de ellas podría ir al recuadro, o abrir la nota o merecer un párrafo aparte. Para todo tiene recuerdos puntuales, que sabe contar con gracia y que, hilvanados con un mismo hilo, bien podrían convertirse en un monólogo de ‘stand up’ . Cada respuesta tiene condimentos de escena, con clima, con espacio, con tiempo. Como cuando bucea en la infancia y aparecen los palotes de su oficio. “De chica yo estuve de novia con Robert Redford y Alain Delon... O, al menos, eso era lo que yo imaginaba. Mi mamá terminaba de lavar los platos y me dejaba la cocina para mí sola: me sentaba en la mesada y empezaban a aparecer mis personajes imaginarios, le daba a la fantasía como loca”, reconoce Julia Calvo, la morocha a la que la altura no le permitió ser azafata de Iberia, pero la vocación le abrió las puertas de la actuación.


“Me acuerdo que en tercer grado me sacaron del aula para ensayar un acto por el Día del Maestro. Una chica hacía de Sarmiento, otra hacía de niño bueno... y a mí me eligieron para niño malo. Mi personaje mataba pajaritos y después recibía el sermón de Sarmiento. Me encantó tanto la idea de actuar, que he llegado a anotarme en danzas escocesas... Y de paso huía de clases. Mi peor fantasma era matemática”, admite la actriz con 30 años de oficio, al que se dedicó una vez que soltó su deseo de volar, que abandonó la carrera de diseño publicitario y que supo que ya no podría cumplir uno de sus sueños.

“Yo quería ser como Janis Joplin”, dice al pasar, como regalando sin querer el título de la nota. Quizás, para las nuevas generaciones ese nombre no signifique tanto, pero la cantante estadounidense fue un ícono de arte, rebeldía y hippismo, un emblema de transgresión que murió a los 27 años. “Todo lo suyo me impactaba. Mirá lo que te voy a contar: cuando hice la segunda temporada de Casi ángeles , en el Gran Rex, yo bajaba de una cúpula. Cuando asomé y vi el fanatismo de la gente... me sentí ella”, se entusiasma, con un café y un abanico que despliega con cancha española.

“Mi viejo se dedicaba al papel y, cuando yo tenía 12, tuvo la chance de ir a trabajar a España o Finlandia. Eligió España. Vivimos ahí cuatro años y conocí el pueblo de mis abuelos, Ciudad Rodrigo, en Salamanca. Fue muy fuerte ese viaje al pasado”, comenta, como haciendo lo propio desde la palabra.

Figura que se destaca en la puesta de El diluvio que viene (en El Nacional, de miércoles a domingo), donde baila, canta y actúa, confiesa que tiene “relación fluida” con sus viejos tiempos de niña, repartidos entre Congreso, Belgrano, Colegiales y las angostitas calles de Madrid: “Hago memoria y me vienen recuerdos generosos, buenos, con ricos olores. Ahora que hablamos de esto, fijate qué loco lo que me pasó hoy. Estaba en casa, y en el patio de abajo había una beba que nació hace unos meses y su abuela le decía ‘ ¿Dónde etá la nena? Acá etá la nena’ . Y tuve la sensación, nítida, de acordarme de cuando de chica me decían eso. Tal vez yo era más grande, pero lo recuerdo perfectamente. Hace un tiempo que estoy amigándome con esa imagen, porque en este vértigo de exponerme, de laburar, llegué a esta edad y veo a mis sobrinas crecidas, saco la cuenta de que entré al Conservatorio (de Arte Dramático) hace 31 años y recién ahora percibo el crecimiento. Me vienen a la cabeza cosas que antes no tenía tan presentes. Estoy como resignificando a esa nena”.

En medio de la charla, su representante, vía celular, le confirma que a mitad de año hará en teatro Las brujas de Salem . “Hasta Padre Coraje (2004) me arreglaba los contratos solita, pero después tuve representante. Siempre le digo: ‘A mí no pongas nada de año sabático y esas cosas’ . Yo soy una laburante”, aclara, a poco de haber terminado Cuando me sonreís (por Telefe), y con la mira puesta en un proyecto que tiene junto a su amigo Jorge Suárez para el año que viene, sobre Homero Manzi y Nelly Omar.

Maestra de actuación, comparte que el día que se sintió actriz no fue cuando pisó un escenario, “sino un aula. Estaba en segundo año del conservatorio y hacíamos unas jornadas que se llamaban ‘maratones’ y consistían en que cada grupo recorriera cinco aulas haciendo una misma performance . O sea, no se renovaba el público, que quedaba siempre en el mismo lugar, sino que los que rotábamos éramos nosotros. Se trataba de hacer lo mismo varias veces en el día y ahí sentí lo que significaba recrear”.

Tiene 50 años, anécdotas para todos los gustos y gracia para todas las anécdotas, como cuando cuenta que por más que estirara el cuello, hace 32 años, “no llegaba ni loca a la marquita que había en la pared con la altura mínima para ser azafata”. Fueron esos ocho centímetros de menos los que le permitieron hacer seriamente lo que de chica hacía jugando.

Fuente: Clarin

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